Hace algunos meses, una amiga me regaló una imagen de San Valentín y me contó que había estado en la ciudad donde vivió el Santo.
Desde ese momento, siempre he deseado ir a visitarlo.
De vez en cuando enviaba amor a su imagen y no veía la hora de viajar a su ciudad.
Terni es la ciudad del Santo; se encuentra en la región de Umbría, a una hora de Roma.
En un fin de semana en el que tenía conferencias en el sur de Italia, decidí dejarme un día libre para ir a visitarlo.
Mientras viajaba en tren desde Bari hacia Roma, miraba con cariño la preciosa imagen del Santo que me había regalado mi amiga. Una señora que estaba sentada frente a mí me preguntó de qué Santo se trataba.
Le respondí que era San Valentín, el Santo del Amor, y le conté que al día siguiente iría a Terni para visitarlo.
Ella me pidió la imagen para verla y, al mirarla, dijo:
—¡Qué hermoso es!… Y pensar que mañana en Terni podrás tener todas las imágenes que quieras…
Comprendí su deseo de tenerla y se la regalé con mucho amor.
Su rostro se iluminó y me agradeció con el mismo amor.
Se dice que el origen del Día de los Enamorados, el Día de San Valentín, fue creado por la Iglesia Católica para poner fin a una popular fiesta pagana de la fertilidad.
Para los antiguos romanos, el mes de febrero era considerado el período en el que se esperaba la llegada de la primavera.
Se realizaban ritos de purificación del hogar esparciendo una especie de sal harinosa y, a mitad del mes, se celebraba la Lupercalia (en honor a dioses que alejaban a los lobos de los campos).
Los Lupercos eran los sacerdotes que practicaban este culto. Iban a la gruta donde, según la tradición, la loba había amamantado a Rómulo y Remo, y realizaban sacrificios de animales, esparciendo la sangre por las calles de la ciudad como símbolo de fertilidad.
La parte principal de la ceremonia consistía en una especie de lotería del amor, donde los nombres de las mujeres y los hombres que adoraban a estos dioses, escritos en papeles, se colocaban en una urna. Un niño con los ojos vendados los sacaba al azar.
Así se formaban parejas que, durante un año, vivirían en intimidad con el propósito de cumplir el rito de la fertilidad.
Parece que el papa Gelasio I no aprobaba este culto y, en el año 496, quiso sustituirlo por el Santo de los Enamorados, instaurando el 14 de febrero como la Fiesta de San Valentín.
San Valentín
San Valentín nació en Terni en el año 175 y se convirtió en el Patrono del Amor Divino y protector de los enamorados de todo el mundo.
Dedicó su vida a la comunidad cristiana de Terni cuando todavía eran perseguidos por los romanos.
En el año 197, el papa San Feliciano lo nombró obispo de Terni, y fue considerado el patrono de los enamorados porque fue el primero en casar a un legionario romano con una joven cristiana.
La historia cuenta que fue encarcelado por el emperador romano, azotado y decapitado en la vía Flaminia el 14 de febrero del año 273, a los 98 años de edad.
Leyenda de San Valentín
Se dice que, cuando estaba encarcelado, se enamoró de la hija ciega del guardián Asterio.
Gracias a la fe y al amor de San Valentín, ella recuperó milagrosamente la vista.
Se cuenta que, antes de morir, Valentín le envió un mensaje de despedida que terminaba con la frase:
«De vuestro Valentín».
Frase que, con el tiempo, se convirtió en sinónimo de Amor Verdadero.
Sabino y Serapia
Sabino era un legionario romano que, al pasar por la plaza de Terni, se enamoró de la bella joven Serapia.
Cuando fue a hablar con los padres de la joven para pedir su mano, le negaron el consentimiento, ya que ellos eran cristianos y él era un romano pagano.
Entonces Serapia le sugirió a su amado que fuera a hablar con el obispo Valentín para bautizarse, y en nombre del Amor, Sabino aceptó.
Pero, por desgracia, cuando estaban organizando el bautismo de Sabino para luego celebrar el matrimonio, Serapia enfermó gravemente.
Entonces Sabino suplicó al Santo que no permitiera que fueran separados, pues su vida sin ella sería solo sufrimiento.
Así, San Valentín bautizó a Sabino y los unió en matrimonio; y mientras levantaba las manos para dar la bendición, un sueño bendito envolvió sus corazones para la eternidad.
La Rosa de la Reconciliación
Un día, el Santo estaba en su jardín cuando escuchó a una joven pareja discutir.
Se acercó a ellos con una rosa en la mano y les pidió que la tomaran y que rezaran a Dios para mantener vivo su amor para siempre.
Tiempo después, la misma pareja volvió ante el Santo para pedirle que los uniera en matrimonio.
Aquel hecho se hizo muy popular, tanto que todas las parejas de la zona acudían al obispo para que las bendijera.
Esta tradición se ha transmitido hasta nuestros días y, el primer domingo de febrero, mil parejas acuden a Terni para pedir la bendición del obispo.
Milán, 12/02/2007
Raúl Micieli





